La agonía de la fe
La mayoría de esas personas -y son muchas- tropiezan con serias dificultades para aceptar o retener una fe más o menos tradicional. El análisis racional de determinados dogmas, las inconsistencias manifestadas en la vida de muchos llamados cristianos y, sobre todo, las olas de positivismo y materialismo que invaden el pensamiento actual inclinan hacia el ateísmo. Pero la negación de la existencia de Dios y de los grandes fundamentos sobrenaturales del cristianismo tampoco resulta fácil para quien piensa sin prejuicios. Las maravillas sobrecogedoras del universo, la complejidad de nuestro propio ser, las profundidades insondables de nuestra personalidad, las glorias y miserias de la historia humana, todo resulta demasiado misterioso para declarar casi ex cathedra que no existe Dios y que toda fe religiosa es un mero fenómeno psicológico, residuo de épocas pasadas destinado a desaparecer.
Contra la interpretación simplista de cuestiones tan complejas como importantes, se alzan fuertes voces -no sólo sentimentales, sino racionales- en el interior más matizada de la que no puede excluirse olímpicamente la interpretación cristiana de Dios, del hombre y del universo. Como James Orr ha sugerido: «suprimid a Dios en el mundo y todo viene a ser un misterio insoluble, la historia una escena de ilusiones destrozadas, la creencia en el progreso una superstición y la vida en general... "...un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y pasión fiera, pero sin ningún significado." (Macbeth, Acto V, escena 5)» Esas voces chocan contra las del escepticismo ateo en duelo angustioso.
|