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La gratitud, una virtud olvidada

«Y los nueve, ¿dónde están?»

Suele decirse que de bien nacidos es el ser reconocidos. Y, generalmente, se admite que la gratitud es un signo de nobleza y dignidad. Pese a ello, lo que parece prevalecer en nuestro mundo no es el agradecimiento, sino su antónimo: la ingratitud. Ejemplo patético de ello lo hallamos en el relato de Lucas sobre los diez leprosos sanados por Jesús (Lc. 17:11-19).

La narración se hace más vívida e impresionante si recordamos lo horrible de la lepra en días del primer siglo. No sólo era repugnante, destructiva e incurable. Era también temible por sus efectos sociales. El leproso debía ser aislado de su familia y del resto de la sociedad, aunque frecuentemente en compañía de otros leprosos. Tan rigurosa era la prohibición de contacto físico para evitar el contagio que, cuando alguien se acercaba al desdichado, éste había de avisar gritando: ¡Inmundo! para que nadie se le acercase. Padecer tan horrorosa enfermedad era prácticamente vivir una prolongada experiencia de muerte, de la que sólo la muerte misma podía librar. Ningún médico humano tenía capacidad para poner fin a tan horrible azote. Pero un día diez de tales leprosos tuvieron un encuentro con Jesús. No se nos dice cómo le reconocieron ni qué conocimiento tenían de él; pero evidentemente sabían que era un Maestro hacedor de maravillosas curaciones. ¿Podría sanarlos a ellos? No se detienen en razonamientos y especulaciones. Sin pérdida de tiempo, claman a él: «Ten misericordia de nosotros». Jesús les dice que vayan a mostrarse a los sacerdotes para que acrediten su curación. Ellos obedecieron y, «mientras iban, fueron limpiados». ¡Sorprendente! Pero más sorprendente aún es el final del acontecimiento. «Uno de ellos (samaritano), viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz y se postró en tierra a los pies de Jesús dándole gracias. Jesús le preguntó: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?»

¿Tiene alguna explicación el comportamiento de los nueve? ¿Qué hicieron después de verse sanados? Probablemente, tras la acreditación de su sanidad por algún sacerdote, correr a sus casas respectivas para abrazar a sus seres queridos, lo que en sí habría sido loable. O tal vez empezaron a planear y decidir su nueva vida con posibilidades insospechadas. Volvían a ser ciudadanos normales, por lo que tenían que reorganizar sus actividades sin demora. Pero cualquiera que fuese la explicación, quedaba sin justificación el hecho de no volver inmediatamente al lugar en que se habían encontrado con Jesús para darle las gracias por el maravilloso milagro obrado en ellos. No podía ser más innoble y egoísta su orden de prioridades.

Desgraciadamente los nueve desagradecidos han tenido multitud de imitadores a lo largo de los siglos. En un momento dado de su vida se han visto sorprendidos por algún beneficio inesperado. Lógicamente, se han alegrado; pero no se han detenido a pensar en la causa de tal experiencia. Muchos la atribuyen a la suerte, casi divinizando al destino o a la vida misma. Más de una vez hemos oído decir: «La vida me ha dado muchas alegrías», sin pensar que la vida es solamente el camino por donde transitamos, y que lo que a lo largo de ella recibimos lo debemos o a circunstancias determinadas (controladas por Dios) o a personas de nuestro entorno; en último término, a Dios mismo. ¿Por qué esa resistencia a reconocer en Dios y su amor la causa de nuestros momentos felices, la fuente de innumerables bienes? El hijo pródigo descrito por el poeta Rilke es un hombre que no quería ser amado porque ese don le exigía agradecimiento, lo cual le parecía una forma de esclavitud insufrible. Y no quería amar a otros para no forzarlos a tener que estarle agradecidos. ¿Podría pensarse en un egocentrismo antisocial más refinado?

La gratitud no humilla ni esclaviza a nadie. Lo que nos esclaviza es nuestro orgullo. La gratitud es manifestación de magnanimidad, grandeza de espíritu. Según la Real Academia, es «sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera». ¿Qué hay de indeseable en esa estimación y en esa correspondencia? Los antiguos griegos veían en la gratitud eumnemia, buena memoria de los beneficios. Esa memoria prolonga el goce de los mismos. Además, entre la persona que da y la que recibe se establece una comunión de sentimientos que se entrelazan y enriquecen la personalidad de ambas. Renunciar a tal comunión puede ser indicativo de ruindad moral. En ella caen quienes corresponden al don o el favor recibido con indiferencia o incluso con enemistad. No exageraba Séneca cuando decía que «nuestros más capitales enemigos lo son no sólo después de haber recibido beneficios, sino precisamente por haberlos recibido». ¿Inexplicable?

Para el cristiano, el deber de la gratitud es claro e indeclinable. Le es impuesto por la Palabra de Dios. El apóstol Pablo exhortaba a los Efesios a vivir gozosamente «dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef. 5:19-20). A los Tesalonicenses les instaba a «dar gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús» (1 Ts. 5:18). Y a los Colosenses les recuerda, entre otros, ese mismo deber: «Y sed agradecidos» (Col. 3:15). La ausencia de gratitud no sólo afea nuestro carácter. Revela la negrura de la mente y el corazón humanos cuando hace oídos sordos a la revelación natural. Pablo traza atinadamente el perfil de los paganos de su tiempo diciendo que, «habiendo conocido a Dios (vv. 19, 20), no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» (Ro. 1:19-21). Es el retrato del incrédulo de todos los tiempos.

Los textos citados nos muestran que el agradecimiento debe distinguir al cristiano en sus relaciones humanas, pero también -y sobre todo- en su relación con Dios. Es la mejor evidencia de que hemos entendido el significado y el alcance del amor divino, pues, como alguien ha dicho, «la gratitud es una actitud del corazón». «Amamos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn. 4:19).

A lo largo de toda la Escritura, vemos los muchos bienes que Dios nos concede en Cristo, por los cuales debemos estarle agradecidos. Todos fluyen de su gracia (curiosamente gracia -gratia- y gratitud están emparentadas etimológicamente). Y todas corresponden al propósito eterno de Dios de bendecirnos «con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo» (Ef. 1:3). En el griego del Nuevo Testamento la kharis (gracia) da lugar a la eukharistía (acción de gracias), derivada del verbo eukharistéo (agradecer).

Una enumeración minuciosa de las bendiciones que recibimos de Dios desbordaría los límites de este escrito, por lo que sólo mencionaremos algunas de las más sobresalientes. Cada una de ellas debe producir en nosotros una respuesta de gratitud y alabanza. Detrás y por encima de las causas más próximas, a Dios debemos la vida, pues «él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos» (Sal. 100:3). A Dios se debe la preservación de esa vida, pues «en él vivimos, nos movemos y somos» (Hch. 17:28). él es el dador del «don inefable» (2 Co. 9:15), su Hijo, por el cual tenemos vida eterna. A Dios debemos su Palabra y su Espíritu, que nos guían en el camino de la verdad y la santidad (Jn. 14:26; Jn. 16:13; Ro. 8:2); sus promesas de vida eterna, que iluminan nuestra vida en la tierra; su providencia siempre benéfica, aunque a veces misteriosa (Ro. 8:28); las pruebas a que a veces nos somete para nuestra corrección o para la purificación de nuestra fe (Heb. 12:5-11; 1 P. 1:6-8).

Si nuestra visión espiritual es clara veremos en todo la mano sabia y poderosa de Dios y reconoceremos que todo cuanto acontece en nuestra vida, aun los sufrimientos más duros, lo ha permitido para nuestro bien. Así lo vio José, hijo de Jacob (Gn. 50:19-21). Así Pablo y Silas en la cárcel de Filipos, cuando todavía sangrando a causa de los azotes recibidos, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25). Otro cuadro impresionante en la vida de Pablo lo hallamos en su experiencia de preso náufrago camino de Roma. Cuando todos, marineros y presos, estaban dominados por la ansiedad y no podían probar bocado, el apóstol, alentado por la promesa de Dios, los animó con su palabra y con su ejemplo: «... tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer» (Hch. 27:35). Si nuestra vista está del mismo modo afinada, veremos la sabiduría, el poder y la bondad del Señor en todas las cosas, en las grandes y en las pequeñas: en la protección de grandes peligros, en la oportuna provisión de recursos, en las plácidas horas de triunfo profesional, en las épocas felices de vida familiar, Pero también en mil y un detalles, que a menudo nos pasan desapercibidos, pero que debiéramos agradecer: la nube que nos pone a cubierto de un sol abrasador, la brisa que nos acaricia, el murmullo relajante de los álamos junto al río, una bella puesta de sol, el beso de un niño, la flor que vemos junto al camino... Podríamos multiplicar los ejemplos hasta el infinito. Un moderno cántico evangélico alemán, traducido a varias lenguas, es una riquísima acción de gracias que puede ayudarnos a cantar nuestro agradecimiento.. En él se expresa gratitud a Dios «por la belleza de la aurora, por los buenos amigos y hermanos y porque a los enemigos les puedo tender la mano; por el trabajo, por mis pequeños aciertos, por la alegría, la música, la luz; gracias por muchas horas tristes, por poder hablar, porque por doquier me guía la mano de Dios; gracias por la salvación y porque nos da paz; gracias porque, cantando, gracias le podemos dar.» ¡Inspirador!

Un piadoso israelita se preguntó un día: «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?», y él mismo dio la respuesta: «»Alzaré la copa de salvación e invocaré el nombre del Señor» (Sal. 116:12-13), lo cual en Israel era un rito de acción de gracias. Y nosotros, ¿qué pagaremos por el don de «una salvación tan grande» (He. 2:3)? Volvámonos al camino del leproso agradecido y vayamos con él al encuentro de Jesús para decirle: «¡Gracias, Señor, mil gracias!

José M. Martínez

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