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La muerte y el más allá

La muerte y el más allá

Todavía es tradicional en algunos países observar el día 1 de noviembre como el «Día de todos los Santos». Durante esa jornada se recuerda a los seres queridos que un día dejaron este mundo: padres, hermanos, hijos, amigos entrañables..., y en la mayoría de los casos se honra su memoria yendo al cementerio para depositar flores sobre o junto a la tumba del finado. Por lo general, esta práctica hace pensar en la muerte, el gran tema que ha preocupado a los humanos de todos los tiempos. Biólogos, psicólogos, filósofos, poetas, teólogos, todos, desde diferentes ángulos, han tratado de explicar el fenómeno de la muerte, sin que sus conclusiones lleguen a trivializarla o a iluminar su tenebrosidad.

El hecho de la muerte

Se observa en la actualidad una tendencia a hermosear la figura del difunto maquillándolo y dándole un aspecto amable rodeándolo de flores... Pero la muerte es fea; siempre es fea. Y cruel. Es el zarpazo inmisericorde que arranca de nuestro lado a los seres más amados, incluidos niños candorosos que nos emocionan con su ternura. Es fea porque desnuda a sus víctimas, aun aquellas que en este mundo han sido colmadas de honores. Es injusta porque menosprecia el bien que de algún modo el fallecido reportó en vida a la humanidad. Nos gustaría que algunos hombres y mujeres, por su sabiduría, su bondad, su abnegación, vivieran inmortalmente. ¡Vano deseo! Como dice el escritor sagrado, «está establecido que los hombres mueran...» (Heb. 9:27). Los investigadores pueden multiplicar sus trabajos y experimentos con miras a prolongar la vida; pero su labor a la postre es infructuosa si lo que se pretende es acabar con la muerte. Los biólogos nos dicen, con razón, que la muerte es el punto final de un proceso de degradación biológica que comienza cuando nacemos y va avanzando con deterioro creciente hasta que morimos. Es ley para todos los seres vivos.

¿Y qué es morir? ¿Una simple cesación de todas las funciones vitales que determina un comienzo de descomposición de todo el cuerpo? Sí, pero la muerte es mucho más. Es un abocamiento al misterio más inquietante. ¿Se acaba todo cuando expiramos? ¿Nos hundimos en el no-ser, en cuyo caso es verdad que «la vida es sueño» y que no valía la pena haber nacido? ¿O hay algo más? Desde los tiempos más remotos, la mayoría de pueblos han tenido el convencimiento de que tras la muerte sobrevivimos de algún modo: supervivencia del alma separada del cuerpo (antiguos filósofos griegos), iniciación de un viaje del alma al destino final (egipcios y griegos). Muy difundida ha estado también la idea de la reencarnación en sucesivas vidas terrenas (budismo). El cristianismo, como veremos, ha introducido una concepción nueva de la muerte presentándola como tránsito a una vida nueva en un estado de felicidad o en uno de miseria, según se haya vivido antes. Frente a tal diversidad de opiniones, muchos optan por el agnosticismo, por el «no sé». El humanista francés Rabelais, moribundo, hizo una declaración tan concisa como reveladora: «Me voy en busca de un gran quizás». Pero, sea cual sea la idea que se tenga, la muerte siempre intranquiliza.

Reacciones ante la muerte

Varían considerablemente. Hay quienes ni siquiera pueden oír hablar de ella; les causa terror, y viven toda la vida atormentados por el temor a que les sobrevenga en cualquier momento. Otros fingen indiferencia. No faltan los herederos del antiguo estoicismo clásico que preconiza la serenidad de espíritu frente a toda clase de circunstancias, gratas o dolorosas, incluida la experiencia de la muerte. Alguno de aquellos filósofos, al parecer, creyó haber descubierto el secreto para desterrar el temor a la muerte: «La muerte -decía- es algo que no debemos temer, porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros ya no somos». Pura palabrería.

Probablemente la actitud más común hoy en los países occidentales es la inspirada por el epicureísmo de antaño, equivalente al materialismo hedonista de hoy. Su doctrina pragmática se resume en dos frases: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos». Sólo preocupa el disfrutar, el pasárselo bien, teniendo el pensamiento tan ocupado en el presente que no queda lugar para ideas lúgubres relativas al futuro, sobe todo, la de la muerte. Es verdad que no todos los hedonistas son materialistas. Los hay que viven preocupados por -y ocupados en- cuestiones intelectuales en las que centran todo su interés.

Sólo una minoría, a menudo menospreciada, da a su mundo interior una dimensión de trascendencia. ¿No serán éstos los verdaderamente sabios? El escritor catalán Joan Perucho, anciano y enfermo, manifestaba que el mundo actual para él «no tiene atractivo», y que no le interesan ni el arte, ni las letras, y el periodismo y la literatura tampoco. «Ahora lo único que me interesa -dice- es la eternidad, lo que hay al otro lado del espejo y que sólo pueden ver los santos y lo poetas». Alguien pensará que una declaración así no es de extrañar en un octogenario; pero la sabiduría de sus palabras es para todas las edades (nunca sabremos cuándo estamos cercanos a nuestro fin en la tierra).

Antes de concluir nuestra reflexión sobre cómo reaccionar ante la muerte, un recuerdo: el del rico necio de la parábola. Su único valor y su afán consistía exclusivamente en multiplicar sus bienes para poder disfrutar del mayor bienestar posible una vez retirado de su vida laboral. Pero cuando llegó este momento y manifestaba su ilusión «Ahora, alma mía, descansa, come, bebe, diviértete», Dios le dijo: «Necio, esta noche vienen a pedir tu alma» (Lc. 12:20).

El meollo de la muerte

En el caso del hombre la definición del biólogo, aun admitiendo su validez, no expresa toda la verdad. La Sagrada Escritura, testimonio de la revelación de Dios, pone al descubierto la faz negra de la muerte: el pecado. La primera pareja humana fue advertida de que el día que desobedeciera a Dios moriría (Gn. 2:17). El apóstol Pablo, divinamente inspirado, afirma que «la paga del pecado es muerte» (Ro. 6:23); y en otro texto manifiesta que «el aguijón de la muerte es el pecado» (1 Co. 15:56). No menos explícito es cuando presenta la clave del drama humano: «... el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte». Asimismo «la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro. 5:12).

Esta relación entre pecado y muerte es lo que hace más temible la llegada de ésta; no sólo porque a la muerte le sigue el juicio (Heb. 9:27), sino porque aun antes de la muerte física, el ser humano, en su naturaleza caída, está «muerto en sus delitos y pecados» (Ef. 2:1), por lo que su vida física en la tierra está sometida a las tendencias de una personalidad egocéntrica que induce al mal. No es de extrañar que un hombre sensible clamara a Dios: «Señor, líbrame de ese hombre malo que soy yo».

La liberación de la muerte

Afortunadamente hubo quien llevó a efecto esa liberación. El Señor Jesucristo salva del pecado y sus consecuencias a cuantos confían en él y en su obra redentora. Por ese motivo se le impuso el nombre de JESúS, «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). Esto es así porque él anuló la malignidad del pecado expiándolo mediante su sacrificio en la cruz. «Su sangre nos limpia de todo pecado» (1 Jn. 1:7); «él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn. 2:2). El perdón divino que él nos otorga nos abre las puertas a una nueva vida que pone fin a diferentes formas de esclavitud moral, a un cúmulo de frustraciones y sufrimientos, a un vacío torturador. La vida hallada en Cristo reporta paz, certidumbre, y da sentido a nuestra existencia. En él se encuentra un nuevo «por qué» y un nuevo «para qué». Y algo más: Cristo nos libra del temor a la muerte (Heb. 2:15), por cuanto nos hace herederos de una vida nueva, imperecedera , en su presencia en los cielos. Enfáticamente el Señor Jesucristo asegura que «el que cree en él tiene vida eterna» (Jn. 6:47).

¿Hay, pues, un más allá?

Si nos atenemos a la enseñanza bíblica, la respuesta es Sí. No todo concluye con la muerte. Los evangelistas nos indican que la cruz y el sepulcro no fueron el final de la vida de Jesús. Atestiguan fehacientemente que «al tercer día resucitó», como resume el credo apostólico. La aparente tragedia se convirtió en el mayor de los triunfos. Como Lutero, los cristianos podemos exclamar alborozados: «Vivit, vivit!» (¡Vive, vive!), y recordamos con no menor gozo las palabras de Jesús: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Jn. 14:19). Su poder vivificador se manifestó durante su ministerio público en la resurrección de tres personas: la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naín y la de Lázaro. Igualmente se manifestará en su segunda venida, cuando los muertos en Cristo resucitarán para unirse a él y permanecer con él para siempre (1 Ts. 4:14-16). Pero la esperanza cristiana no apunta sólo a un día escatológico más o menos remoto. También ilumina lo que acontece inmediatamente después de la muerte. Al ladrón arrepentido dijo Jesús: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23:43). Y a sus discípulos declaró poco antes de comenzar su pasión: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay... Si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo para que donde yo esté también estéis vosotros» (Jn. 14:2-3). Los apóstoles y los primeros cristianos en general se gozaban en esta esperanza con absoluta certeza (2 Co. 5:1-4). Hoy, como entonces, todo creyente puede decir con Pablo que «el morir es ganancia» (Fil. 1:21). Quien confía en Cristo nada ha de temer: ni un purgatorio inexistente (Cristo hizo de modo perfecto la «purgación» de nuestros pecados para siempre mediante su muerte expiatoria, - Heb. 1:3; Heb. 9:26-28 -), ni una larga espera en estado de «dormición» hasta la resurrección en el retorno de Cristo. Morir, para el creyente, es «partir (de manera inmediata) para estar con el Señor» (Fil. 1:23). Cuando comparamos la gloria que espera al cristiano auténtico con los temores, inquietudes y sufrimientos que se padecen ahora en la tierra, podemos afirmar con el apóstol Pablo que morir es «muchísimo mejor».

Pero no todos los seres humanos comparten esa visión. No pueden. Para los incrédulos no hay perspectiva de gloria más allá de la muerte. Sólo la hay de aniquilación o de juicio condenatorio (Heb. 9:27; Jn. 3:18-19). Y ¿quién podrá justificarse delante de Dios? Ni buenas obras, ni sufrimientos, ni ignorancia pueden salvar a nadie. Quien no se acoge al arca de salvación, que es Cristo, sólo puede esperar la exclusión del Reino de Dios en «las tinieblas de afuera» (Mt. 22:13; Mt. 25:30). Pero no es ésta la voluntad de Dios, sino que todos los hombres se arrepientan, vengan al conocimiento de la verdad y sean salvos (1 Ti. 2:4)

El más allá en relación con el más acá

La relación existe. Lo que se halla al otro lado de la muerte es en cierto modo una prolongación de lo que ha sido la vida anterior. La persona que aquí ha vivido siempre en la indiferencia espiritual, de espaldas a Dios, sorda al mensaje de Cristo, no podría jamás gozarse en los deleites de la santidad, de la alabanza a Dios y del servicio a Cristo. Su condenación es su alejamiento definitivo de Dios, la oscuridad moral sin esperanza de nueva luz, la cosecha permanente de todas las consecuencias del pecado. La que en esta vida ha reconocido a Cristo como su Salvador y Señor, le ha servido y ha vivido conforme a las demandas éticas del Reino de Dios, verá su gozo incrementado al disfrutar de la presencia de su Salvador en la plenitud de su gloria, sin velos ni limitaciones. No podemos precisar con detalle en qué consistirá la condenación o cuáles serán los goces de la salvación, pero la Sagrada Escritura nos instruye suficientemente para querer evitar la primera y desear lo segundo. La dualidad de los destinos aparece bien ilustrada en la parábola del rico y Lázaro (Lc. 16:19-31). Su mensaje es suficientemente solemne para que nos lo tomemos en serio.

Igualmente significativa es la parábola que ilustra el juicio final (Mt. 25:31-46). Las ovejas representan a las personas que han vivido en esta vida haciendo bien a manos llenas, ayudando, consolando, supliendo necesidades, prodigando por doquier amor (lo característico del cristiano consecuente con su fe); lo que han hecho lo han hecho por amor a Cristo. Los cabritos simbolizan a quienes han encerrado su existencia en una bolsa de negación («No me disteis de comer», «no me disteis de beber», «no me recogisteis», «no me vestisteis», «no me visitasteis»). A los primeros les dice que lo que han hecho en favor de los desvalidos ha trascendido a su divina persona: «A mí lo hicisteis». Asimismo las negaciones de los insensibles al sufrimiento de su prójimo son una proyección del trato negativo que han dispensado a Jesucristo («tampoco a mí me lo hicisteis»).

Diferentes textos bíblicos destacan la conexión entre el antes y el después de la muerte. Lo esencial del «después» será fruto de lo hecho «antes» (2 Co. 5:10; Ro. 14:10). La salvación es gratuita. No nos la ganamos; nos es dada por pura gracia de Dios. Pero nuestra posición en el disfrute de la salvación dependerá de nuestra fidelidad o infidelidad aquí ahora. Podemos ser siervos fieles o siervos infieles. De ello depende que al final Cristo alabe o reproche nuestro servicio (Mt. 24:45-51).

Una observación final: la creencia en la otra vida, nos ayuda a determinar nuestros valores y prioridades. Nos será útil para ello recordar al rico insensato al que ya nos hemos referido.

Que la muerte sea una penetración en el reino de las tinieblas o que sea la entrada a una vida gloriosa depende de la actitud de cada uno ante Cristo. Quien cree en él y le sigue como discípulo obediente, lejos de arredrarse ante la muerte, sentirá el gozo de renovar su consagración a Aquel que es la resurrección y la vida, y dirá como el apóstol Pablo:

«Ninguno de nosotros vive para sí,
y ninguno muere para sí.
Si vivimos, para el Señor vivimos;
y si morimos, para el Señor morimos.
Así, pues,sea que vivamos o que muramos
del Señor somos.
Cristo para esto murió, resucitó y volvió a vivir:
para ser Señor así de los muertos
como de los que viven.»

José M. Martínez

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