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Bebiendo la copa del Padre

«La copa que el Padre me ha dado ¿acaso no la he de beber?» (Jn. 18:11)

Muchas iglesias conservan todavía la celebración de las festividades más sobresalientes del calendario litúrgico, entre ellas las relativas a la pasión y muerte de Cristo. La prominencia de estos eventos en los evangelios justifican que les demos una atención especial. No podemos perder de vista que en torno a la cruz del Gólgota gira nuestra salvación. Todos y cada uno de los detalles registrados por los evangelistas están cargados de significado. Impresionan, instruyen y animan. Por nuestra parte, consideraremos los sufrimientos del Salvador a la luz de una imponente metáfora: la «copa» que Jesús había de beber. Antes, sin embargo, nos detendremos para considerar un hecho de importancia capital:

La copa de la ira de Dios pende sobre los pecadores

Las Escrituras, Antiguo y Nuevo Testamento, nos muestran de modo inequívoco que Dios es «el Juez de la tierra que da a los soberbios su merecido» (Sal. 75:8; Sal. 94:2; Is. 51:17; Jer. 25:15; Hab. 2:16). Esa copa se derrama sobre individuos y pueblos. De no ser por la gracia de Dios, todos quedaríamos sometidos a su juicio condenatorio, «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro. 3:23). No podían ser más solemnes las palabras del Señor Jesucristo: «Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lc. 13:3). Sobre todos se inclina el cáliz de la justa cólera divina, pues el hombre, por su condición natural a raíz de la caída, propende a alejarse de Dios y a transgredir sus leyes. De una u otra manera se convierte en un rebelde recalcitrante. De modo irrefutable afirma el apóstol Pablo: «Vosotros erais antes... enemigos de Dios en vuestro corazón por las cosas malas que hacíais» (Col. 1:21). ¿Acabará de inclinarse la copa de modo que su contenido se vierta sobre nosotros? ¡No es ése el propósito de nuestro Padre!

La copa redentora de Cristo

Para remediar el estado de perdición en que se hallaba la humanidad Dios envió a su Hijo al mundo para llevar a cabo nuestra redención. La finalidad de su venida no era simplemente la de un profeta que comunica un mensaje de Dios. Cristo, mucho más que un profeta, vino para salvar lo que se había perdido (Lc. 19:10). Los seres humanos estábamos caídos en un pozo profundo, cenagoso, fatídico; y el Hijo de Dios quiso bajar al fondo de ese pozo para rescatar a quienes estaban en él. En todo, excepto el pecado, se identificó con ellos. Voluntariamente se hizo representante de una humanidad pecadora, condenada. Toda la carga del pecado, que arruinaba a los humanos, fue asumida por él con objeto de redimirlos. Él vino al mundo para ser «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29). Y el único modo de quitarlo era expiarlo mediante su muerte. «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18). ¡Maravilla de amor!

Tal prodigio nos conmueve, máxime cuando tenemos en cuenta que los sufrimientos de Jesús en la cruz no eran solamente físicos, pese a que éstos habían de ser horriblemente intensos, sino morales y espirituales. Ante Dios él aparecía como representante del género humano. De modo inaudito, se «revestía» virtualmente de nuestros pecados, con todo lo que de intolerable tienen éstos a ojos del Dios perfectamente santo. Por eso el juicio que merecíamos nosotros recayó sobre él. «Dios no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Ro. 8:32). En un sentido misterioso, Cristo en la cruz, a ojos de Dios, aparecía como el gran «pecador de pecadores», sustituto de los pecadores auténticos. ¿Podemos imaginarnos la agonía moral que tal revestimiento conllevaba? Los evangelistas no nos dan muchos detalles sobre los padecimientos de Jesús en su pasión y muerte, pero sí los suficientes para hacernos una idea del horror de aquella experiencia. En Getsemaní el Señor «comienza a entristecerse y a sentir gran angustia» (Mt. 26:37) y confiesa: «Mi alma está abrumada de una tristeza mortal» (Mt. 26:38 y pasajes paralelos). Era la suya una tristeza sin parangón. «Estando en agonía, oraba más intensamente, y era su sudor como grandes gotas de sangre engrumecidas que caían sobre la tierra» (Lc. 22:24). No es de extrañar que por tres veces consecutivas pidiera al Padre celestial ser liberado de su tormento. En aquella hora de agonía indescriptible, sabía que, cargado con los pecados del mundo, había de sufrir lo más doloroso: ser abandonado por el Padre. ¡Cuán patético su clamor en la cruz!: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46). Este era el ingrediente más amargo en el cáliz que Jesús había de apurar.

Los apóstoles Juan y Santiago contestaron muy a la ligera cuando Jesús les preguntó: «¿Podéis beber la copa que yo he de beber?» Ellos respondieron precipitadamente: «Podemos» (Mt. 20:22). Ningún ser humano puede sufrir como Cristo. Nadie puede entregarse a la muerte para librar a alguno de sus semejantes del juicio y la condenación.

Nosotros hoy, con más luz espiritual, sabemos que no podemos. La pasión y muerte de Jesús fue única. Nuestros sufrimientos y nuestra muerte son resultado de nuestro pecado (Ro. 5:12). Los de Cristo son los propios del «buen Pastor que da su vida por las ovejas» (Jn. 10:11). Pese a la infinita distancia existente entre el Redentor y los redimidos, en cierta medida y de algún modo, los creyentes en él somos llamados a compartir su cáliz. Así lo indicó Cristo a los dos hijos de Zebedeo: «A la verdad, mi copa beberéis» (Mt. 20:22-23).

La copa del cristiano

Menudean los textos bíblicos que usan la metáfora de la copa para expresar los contenidos de gozo que tiene la experiencia del creyente. El salmista dio testimonio de este hecho: «El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa... Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos y es hermosa la heredad que me ha tocado» (Sal. 16:5-6). Señor, «me has preparado un banquete... has vertido perfume sobre mi cabeza y has llenado mi copa a rebosar» (Sal. 23:5). También los profetas aludieron a esa bendición. En Sión se hallan «alegría y gozo, alabanza y voces de canto» (Is. 51:3). Y el Nuevo Testamento está repleto de referencias al gozo de la salvación que disfrutan los redimidos (Jn. 15:11; Jn. 16:24; Hch. 13:52; Gá. 5:22).

Sin embargo, el hecho de que el creyente pueda hallar en la presencia de Dios plenitud de gozo y deleites a su diestra para siempre (Sal. 16:11) no significa que la vida de piedad sea una fiesta continua, exenta de oscuridades y sufrimientos. En la copa frecuentemente hay ingredientes amargos, algunos intensamente dolorosos. Muchas veces son manifestación de nuestra identificación con Cristo. Él mismo previno a sus seguidores de falsas esperanzas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt. 16:24); «el que no toma su cruz y viene en pos de mí no puede ser mi discípulo» (Lc. 14:27).

También hay padecimiento en la experiencia de nuestra santificación. Cuando el creyente se permite formas de conducta opuestas a la santidad cristiana, Dios le corrige y, por lo general, la corrección duele, a veces mucho (Heb. 12:4-11).

Asimismo el sufrimiento robustece la fe (1 P. 1:6-7). En la misma carta exhorta Pedro a no desmayar frente a las pruebas. Las tribulaciones no han de ser motivo de sorpresa, sino de gozo, «por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría» (1 P. 4:12-13).

Quizá lo más difícil de aceptar es el sufrimiento causado por experiencias duras de la vida: enfermedad, fracaso familiar, soledad, muerte de seres queridos... Estas experiencias oscurecen la fe con dudas torturadoras: ¿El ser humano está solo en el universo? ¿Tiene algún sentido su vida? La oración, ¿realmente «cambia las cosas»? ¿Me oye Dios cuando clamo a él con la sensación de que está oculto en la lejanía y el silencio? A esas preguntas sigue otra, la conclusiva: «¿Por qué me sucede a mí esto?».

La respuesta a que llegan muchos es que el curso de cuanto sucede en nuestra vida es fruto de un destino tan ciego como implacable. Pero la Sagrada Escritura, así como la experiencia de muchos creyentes, nos da una respuesta iluminadora, pues encuadra todos los acontecimientos en el marco de la Providencia divina. Los pajarillos del campo hallan lo necesario para su sustento porque Dios los alimenta (Mt. 6:26). Los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mt. 10:30); ni uno solo cae al suelo sin su consentimiento. Y el apóstol Pablo resume la doctrina de la Providencia cuando afirma que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman» (Ro. 8:28). Esto es así aun en los casos en que la copa de nuestra vida es por demás amarga. No podemos olvidar que es «la copa del Padre», el Dios todo sabiduría, poder, misericordia. También yo he de decir con mi Maestro: «La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no la he de beber?» (Jn. 18:11). Al final, todo se torna en bendición. Normalmente nuestro Dios, concluida la finalidad con que envió la prueba, hace resplandecer la plenitud de su bondad. Tal fue la experiencia de Job. Será también la nuestra si permanecemos firmes en la fe. Y cuando llegue la hora de la liberación podremos decir con el salmista: «De ti, Señor, brota el manantial de la vida. En tu luz vemos la luz» (Sal. 36:9). Una de las obras maravillosas de Dios es que torna en danzas mis lamentos; me quita el luto y me viste de fiesta» (Sal. 30:11).

Ante la copa que Dios ha preparado para mí, ¿cómo reacciono? ¿Con actitud de resistencia? ¿Con resentimiento? ¿Con un deslizamiento a las honduras del desánimo? ¿Con enfado por el modo como Dios me trata?

Sólo cabe una reacción sensata: la de una sumisión confiada a la voluntad divina, sin protestas, sin vacilación, asumiendo el ejemplo de Jesús y derramando en oración el contenido de mi cáliz con todo mi dolor, mi turbación, mi resistencia: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú... Si no es posible que pase de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mt. 26:39, Mt. 26:42).

José M. Martínez


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