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El poder de la oración

«Nada hay más poderoso que la oración; nada puede compararse con ella». Con esta cita de Juan Crisóstomo da comienzo Olive Wyon a su libro Prayer (Oración). Y no cabe la menor duda de que todo cristiano reconoce la verdad expresada por el distinguido obispo de Constantinopla.

Sin embargo, no hay unanimidad en cuanto al modo de interpretar la naturaleza y el alcance del poder de la plegaria. ¿Se trata simplemente de un ejercicio de autosugestión o tiene efectividad exterior? ¿Actúa sólo subjetivamente en la persona que ora, a modo de saludable gimnasia espiritual, o influye de algún modo en Dios y en sus actos? ¿Cambia únicamente nuestro interior o -usando conocida frase- también «cambia las cosas»?

Es obvio que la oración ejerce una acción poderosa en el espíritu de quien la practica. Descargar ante el trono de Dios nuestras congojas, temores e inquietudes nos reporta «la paz de Dios que excede a todo conocimiento» (Fil. 4:6-7). La confesión de nuestros pecados libera nuestra conciencia del sentimiento de culpa y, sobre la base de las promesas de Dios, nos infunde el gozo del perdón (Sal. 32:5; 1 Jn. 1:9). La acción de gracias nos hace más conscientes de la bondad de Dios manifestada en las experiencias de nuestra vida (Sal. 103). La adoración hace más nítida nuestra visión espiritual de la gloria de Dios, de sus atributos y de sus obras (Sal. 95-100). La intercesión ensancha los horizontes de nuestros intereses y nos hace más solidarios en relación con las personas por las cuales oramos; nos hace más «humanos». Todo esto equivale a un enriquecimiento espiritual preciadísimo. Pero ¿es eso todo lo que de la oración podemos esperar? Según algunos teólogos liberales, sí. Pero tanto la Escritura como la experiencia nos muestran que la expectativa del creyente puede incluir resultados objetivos, además de los meramente subjetivos, pues «en respuesta a la oración tienen lugar hechos en el mundo exterior que no se producirían de no haber sido precedidos por la oración».(1) Abundantes ejemplos bíblicos corroboran la aseveración precedente. Por la oración íntercesora de Abraham, Abimelec y su familia fueron sanados (Gn. 20:17). Las fervorosas súplicas de Ana obtuvieron como respuesta el nacimiento del hijo insistentemente pedido (1 S. 1:10-18). En contestación al clamor de Elias, Dios le concedió una resonante victoria sobre el baalismo (1 R. 18:36-40), y fueron las oraciones del mismo profeta las que influyeron decisivamente en la sequía y en la lluvia (Stg. 5:17-18). Por la oración de Elíseo fue resucitado el hijo de la sunamita (2 R. 4:33). Las súplicas del rey Ezequías le libraron de la invasión de Sennaquerib (2 R. 19:15-37) y de la enfermedad (2 R. 20:2-11). El arrepentido Manases, exiliado y cautivo en Babilonia, oró a Dios «y habiendo orado a él, fue atendido, pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino» (2 Cr. 33:12-13). Daniel oró y Dios le reveló el sueño de Nabucodonosor (Dn. 2:17-19). Atendiendo a las oraciones de Nehemías, Dios inclinó el corazón del rey persa Artajerjes para autorizar y favorecer la reconstrucción de Jerusalén (Neh. 1:4-11; Neh. 2:4), Y no son menos impresionantes algunas de las respuestas a la oración mencionadas en el Nuevo Testamento. Recuérdese la liberación milagrosa de Pedro, encarcelado y condenado a muerte (Hch. 12), o lo acontecido en la cárcel de Fílipos mientras Pablo y Silas «oraban y cantaban himnos a Dios» (Hch. 16:25-40).

También la historia de la Iglesia abunda en hechos que confirman la eficacia objetiva de la oración, tanto en el orden físico como en el espiritual e incluso en el político. Serían incontables los casos de curación de graves enfermedades o de liberación asombrosa de otros peligros no menos graves, hechos que habían sido objeto de oración previa.

Lutero, orante de gran fe, visitó a Melanchton en una ocasión en que éste se encontraba en estado agonizante. Su muerte parecía tan próxima como inevitable. Entre sollozos, oró Lutero pidiendo a Dios la recuperación física de su más íntimo colaborador. Una exclamación vehemente al final de la oración hizo salir a Melanchton de su estupor. Sólo pronunció unas palabras: «Martín, ¿por qué no me dejas partir en paz?» «No podemos prescindir de ti, Felipe», fue la respuesta. Lutero, de rodillas junto al lecho del moribundo, continuó orando por espacio de una hora. Después persuadió a su amigo para que comiera una sopa. Melanchton empezó a mejorar y pronto se restableció totalmente. La explicación la daba Lutero con estas palabras: «Dios me ha devuelto a mi hermano Melanchton en respuesta directa a mis oraciones».(2)

Por supuesto, no todas las peticiones en favor de enfermos han sido contestadas del mismo modo. En muchos casos la curación no se ha producido. Como vimos al considerar los requisitos de la oración, debemos someternos a la soberanía de nuestro Padre, tan sabio como misericordioso. La diversidad de respuestas, positivas o negativas (a nuestro juicio), no invalida el poder de la oración. La fe que nos mueve a ella tiene en sus resultados una doble vertiente: la de los prodigios, a veces milagrosos, y la del poder espiritual para resistir las mayores adversidades. Éste es el gran mensaje de Hebreos 11:32-40.

Obras filantrópicas admirables, como la de Jorge Müller en Bristol, en el siglo XIX, han puesto de relieve la efectividad de las peticiones hechas a Dios en demanda de la ayuda necesaria. La experiencia de Müller es especialmente significativa. Al emprender su obra, aquel hombre de gran fe se propuso firmemente no pedir nada a nadie sino sólo a Dios. Pese a los muchos momentos de prueba extrema que hubo de pasar, se mantuvo en su propósito y siempre en el momento oportuno llegó providencialmente la provisión solicitada al Señor.

La expansión misionera y los grandes avivamientos siempre han estado asimismo estrechamente relacionados con la oración. Muchos combates contra fuerzas políticas adversas han sido ganados orando. Así se puso de manifiesto en los días de la Reforma. Bien conocido es el hecho de que la reina María de Escocia temía más las oraciones de Juan Knox que ejércitos de millares de soldados. Igualmente muestra la historia la efectividad de la oración en favor de las autoridades temporales (1 Ti. 2:2-3) con miras a una convivencia civil pacífica y al triunfo de la justicia. Sólo Dios sabe hasta qué punto las plegarias de sus hijos han influido en el curso de importantes acontecimientos históricos. Los capítulos 9 y 10 del libro de Daniel merecen reflexión profunda. El autor se sintió hondamente impresionado en la Asamblea de la Alianza Evangélica Mundial, celebrada en Singapur en junio de 1986, al escuchar el testimonio del delegado filipino. Su informe sobre la experiencia vivida por su país a principios del mismo año, cuando todo hacía temer una revolución sangrienta, destacaba el hecho de que millares de creyentes estaban orando en las iglesias rogando al Todopoderoso una solución pacífica mientras otros se manifestaban en las calles con el mismo fin. A esas oraciones atribuían él y muchos más la decisión de Fernando Marcos de abandonar el país, con lo que se evitó el temido baño de sangre.

A estos ejemplos, citados a modo de botones de muestra, podríamos añadir muchos más, todos demostrativos de que la oración no es un simple ejercicio de gimnasia espiritual, sino una causa de efectos dentro y fuera de nosotros mismos. Ésta era la convicción de C.S. Lewis cuando en una de sus famosas «Cartas a Malcolm» escribía: «Si lo que en tu última carta querías decir es que debemos desechar la oración peticionaria-oración que, como tú señalas, pide a Dios que actúe a modo de "ingeniero" disponiendo acontecimientos particulares en el mundo objetivo- y limitarnos a actos de penitencia y adoración, discrepo de ti. Puede ser cierto que el cristianismo sería, intelectualmente, una religión mucho más fácil si nos dijera que es eso lo que debemos hacer. Y puedo entender a quienes piensan que esa religión sería más noble. Pero recuerda el salmo: "Señor, no soy persona de nobles pensamientos". O, mejor aún, recuerda el Nuevo Testamento. En él las oraciones peticionarias más osadas nos son recomendadas tanto por vía de precepto como por medio del ejemplo».(3)

Con razón escribió Santiago; «La oración eficaz del justo puede mucho» (Stg. 5:16).

José M. Martínez

Notas

(1) A.H. Strong, Systematic Theology, The Judson Press, 1949, 433. volver

(2) Dictionary of illustrations for pulpit and platform, Moody Press, 1949, p. 442 (4253). volver

(3) C.S. Lewis, Letters to Malcom, chiefly on Prayer, Fontana, 1966, p. 38 volver

Capítulo 5 de Teología de la oración.


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